Ahorrar parece una decisión simple, sin embargo, en la práctica no siempre lo es. Muchas veces tenemos la intención de guardar dinero, pero terminamos postergándolo o usándolo en otras cosas, como salidas, antojos u ofertas con la idea de que en el futuro será más fácil empezar.
Y no, eso no siempre significa que estemos manejando mal el dinero. A veces ocurre porque nuestra mente nos juega en contra.
La economía conductual, disciplina que estudia cómo los factores psicológicos, sociales y emocionales influyen en las decisiones económicas, nos ayuda a entender por qué tomamos ciertas decisiones con nuestro dinero, considerando que no siempre decidimos de manera racional, sino también influenciados por emociones, hábitos, experiencias y por el entorno que nos rodea. Desde esta perspectiva, muchas decisiones financieras pueden estar influenciadas por sesgos o atajos mentales, que no son más que formas rápidas de pensar que tenemos casi sin darnos cuenta.
Para entender mejor por qué a veces se nos hace tan difícil ahorrar o mantener nuestras metas financieras, hay tres sesgos que conviene mirar de cerca:
1. El sesgo del presente: cuando el hoy pesa más que el mañana
Siendo uno de los más comunes, este sesgo hace que a las personas nos cueste más priorizar un beneficio futuro frente a una satisfacción inmediata. Por eso, gastar hoy en algo que queremos se siente mucho más real que ahorrar para una meta que todavía vemos lejana.
En otras palabras, a menudo nos gana el “déjame resolver ahora” o el famoso “puedo y me lo merezco”, antes que la tranquilidad de contar con un respaldo económico. Es aquí cuando aparece una frase muy común cuando se trata de ahorrar: “el próximo mes empiezo”. El problema es que, cuando dejamos esa decisión para más adelante, corremos el riesgo de que en ese próximo mes se nos presente otra prioridad, otra excusa o simplemente otra tentación.
En un escenario recurrente es recibir un ingreso extra y pensar que esta vez sí podemos darnos ese gustico. Entonces ese dinero termina en compras rápidas, salidas o gastos no planificados, y el ahorro, una vez más, queda para después. Disfrutar el presente no está mal; el problema empieza cuando este se queda con todo y el futuro nunca recibe nada. En situaciones así, una opción útil puede ser dividir ese ingreso desde el principio: una parte para disfrutarla y otra para ahorrar. De esta forma das espacio al presente sin dejar de lado tus metas futuras.
2. El statu quo: cuando nos gana la inercia
Se trata de esa inclinación a seguir como estamos, porque cambiar implica incertidumbre, esfuerzo o riesgo. En el ahorro, esto pesa mucho porque, a veces, el problema no es tomar una mala decisión, sino simplemente no tomar ninguna: no abrimos la cuenta de ahorro, no automatizamos una transferencia, no definimos una meta, no empezamos. Y así pasan los meses.
Este sesgo suele esconderse detrás de frases como “todavía no he empezado, pero pronto lo haré”, “cuando esté más organizado, ahorro” o “voy a resolver unos asuntos primero”. Y aunque suenen razonables, el problema es que, mientras tanto, nada cambia. En muchos casos, lo que realmente cuesta no es ahorrar mucho o poco, sino salir de la inercia y dar el primer paso.
3. La aversión a la pérdida: cuando ahorrar se siente como renunciar
La aversión a la pérdida hace que sintamos más el sacrificio de no gastar hoy, que la ganancia de ahorrar para mañana. En el caso del ahorro, esto significa que guardar dinero puede sentirse como una renuncia o una incomodidad en el presente, aunque en realidad sea una forma de proteger nuestro bienestar futuro.
Una persona puede proponerse guardar 500 pesos a la semana. Aunque sabe que ese ahorro le ayudará más adelante, en el momento puede sentirse que está renunciando o perdiendo la oportunidad de darse un gusto inmediato. Esa sensación de sacrificio o ‘’perder‘’ algo hoy, puede pesar más que la ventaja que brinda el ahorrar para el futuro.
Entonces, ¿qué puedes hacer para ahorrar mejor?
La buena noticia es que no tienes que sobre exigirte para ahorrar. Ahorrar no es solo tener la intención, sino de hacerlo fácil. Con esto en mente, vale la pena ver qué se puede hacer frente a cada uno de estos sesgos.
Frente al sesgo del presente, una estrategia útil es ahorrar primero y gastar después. Si esperas al final del mes para ver qué sobra, probablemente no sea mucho. En cambio, si separas una parte desde el inicio, aunque sea pequeña, haces que el ahorro tenga prioridad antes de que aparezcan los gastos del momento.
Para lograrlo, también ayuda planificar tus gastos con anticipación. Saber cuánto necesitas para tus compromisos fijos y cuánto sueles destinar a gastos del día a día, te permitirá tener una idea más clara de cuánto puedes ahorrar cada mes sin desorganizarte. Además, esto ayuda a entender algo importante: el dinero no vale lo mismo hoy, que mañana. Por eso, ahorrar no solo implica guardar, sino también darle tiempo al dinero para crecer. Cuando ese ahorro se coloca en opciones que generan rendimiento, puede aumentar con el tiempo y traducirse en un mayor beneficio para el futuro, de acuerdo con las condiciones, características y riesgos propios de cada producto.
Para no caer en el sesgo del statu quo, ayuda entender que ahorrar no siempre empieza con una gran decisión, sino con pasos pequeños que se van reforzando con el tiempo. Puede comenzar con algo tan simple como elegir un momento fijo del mes para apartar dinero. Luego, esa decisión puede hacerse más firme al separar una cantidad fija cada vez que recibes ingresos. Más adelante, cuando el hábito empieza a tomar forma, puedes automatizar el ahorro, siempre que el monto programado sea compatible con tu presupuesto y capacidad de pago. Así, poco a poco, ahorrar deja de ser una intención y se convierte en rutina.
Por último, para que la aversión a la pérdida no haga que ahorrar se sienta como un sacrificio sin sentido, sirve de mucho ponerle un propósito claro a lo que guardas. No es lo mismo ahorrar “por si acaso” que hacerlo para un fondo de emergencia, unas vacaciones, estudios o una meta personal. Cuando el ahorro tiene nombre, se siente más real y valioso. Mirarlo desde otro ángulo también puede cambiar la perspectiva: ¿qué tanto podría cambiar el costo de esa meta si, en lugar de ahorrar con tiempo, tienes que financiarla cuando llegue el momento? De esta forma, ahorrar deja de sentirse como una renuncia y empieza a verse como una manera estratégica de evitar pagar más mañana.
Antes de contratar un producto de ahorro o inversión, es recomendable conocer sus condiciones, costos, rendimientos, restricciones y riesgos, para elegir la opción que mejor se adapte a tus necesidades y objetivos financieros.
Ojo, no tienes que esperar el momento perfecto ni una cantidad ideal para empezar. Al final, lo que realmente fortalece el hábito no es el monto, sino la disciplina.
También es importante recordar que cada persona tiene una realidad financiera distinta. La capacidad de ahorrar dependerá de sus ingresos, obligaciones y prioridades. Lo importante es desarrollar este hábito dentro de las posibilidades de cada presupuesto, sin comprometer las necesidades básicas ni la estabilidad financiera.
En síntesis, ahorrar no significa dejar de disfrutar el presente, ni vivir “apretado” todo el tiempo. Se trata de encontrar un mejor balance entre lo que quieres hoy y lo que agradecerás mañana. Porque sí, darse gustos es bueno, pero tener tranquilidad financiera también lo es.
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